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Sus historias son increíbles y realmente tocan nuestros corazones.  Una de las primeras niñas que llegó a vivir con nosotros, es hija de una madre, que se dedica a la prostitución y que tiene seis hijos más, por sus circunstancias, la niña estaba desprotegida, pues su madre no le podía brindar un lugar seguro para vivir, ni el tiempo para supervisar su correcto desarrollo, por lo que permanecía al cuidado de unos familiares con problemas de alcoholismo y antecedentes de abuso.

Otra pareja de hermanas que vino poco después, tuvieron que presenciar cuando su padre entró a la casa, borracho y enfurecido de celos, tomo un arma y disparo a la mamá ocasionándole la muerte. El hombre fue llevado a la cárcel por 20 años más y las niñas fueron dadas bajo custodia a su abuela paterna junto con sus dos hermanos menores, la abuela, una mujer anciana no tiene los recursos para mantenerlas y cuidarlas y las trajo a nuestro hogar.

Hace poco, recibimos dos niñas más que son hermanas, provenientes de un barrio de pobreza extrema en las afueras de Bogotá. La hermana mayor estaba trabajando con su mamá en los buses, vendiendo dulces a los pasajeros, pero esto no les permite ganar suficiente dinero para vivir.

La última pareja de niñas proviene del campo. Caminaban dos horas para ir al colegio cada día, y dos horas más de regreso. Su mamá trabaja durante las noches en una fábrica donde desplumaba las gallinas. Mientras tanto, las niñas se quedaban solas en la casa con el novio de la mama. Sabiendo al peligro que exponía a las niñas, la madre tuvo que escoger entre él y sus hijas. Ellas están con nosotros, y él permaneció con ella.

Tenemos también el caso de otra niña, que vivía con sus abuelos porque sus padres la abandonaron. Durante sus primeros 10 años de edad, nunca la mandaron al colegio ni la educaron en la casa. Ahora sufre de una discapacidad de aprendizaje. Otra niña tiene cicatrices en la cara, manos, y pies debido a un accidente en la cocina de su casa con la estufa. Su hermana menor no sobrevivió al accidente. La madre llama de vez en cuando con promesas de visitarla, pero ha venido solo una vez. Aún otra madre ha dejado cicatrices por todo del cuerpo de su hija porque la castigaba con una vara de madera.

Estas historias son desoladoras, pero Dios ha sido fiel. Por su amor eterno, él ha dado un refugio para estas pequeñas niñas, para que nunca más experimenten el dolor y la soledad. Ellas están aprendiendo que ahora son las hijas de Dios:

¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios!   ¡¡Y lo somos!!  (1 Juan 3:1)

Por esta razón, nuestra esperanza y oración es que lleguen muchas niñas más al hogar. Los pastores de nuestra iglesia siguen oyendo la guía de Dios y buscando a más niñas necesitadas. Mientras que nuestra fe en Dios se mantenga como prioridad, el hogar será un lugar de redención milagrosa.

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